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Tres relats de misteri

by El Puig last modified 2006-12-26 22:17

Tres històries de misteri escrites per alumnes de 3r d'ESO

Tres relats de misteri

 

1. UN SUEÑO IMPOSIBLE

 

Tristán siempre había tenido mucha imaginación. Su madre había muerto cuando él apenas contaba con tres años de edad. Y por su padre, al que tampoco conocía, no sentía el más mínimo afecto. Le habían contado cosas horribles sobre él. En cambio, por su madre, sentía una enorme curiosidad. Tristán creció con sus tías que siempre le trataron como si fuese hijo suyo, pero ellas, anque suene extraño, se encargaron de que nunca se olvidara de su madre. Le contaban historias de cuando eran pequeñas, de lo bien que lo pasaban las tres hermanas juntas, y nunca nombraban al padre, aunque tampoco Tristán quería saber nada de él. De su madre le contaban que, aunque no lo creyera, le observaba cada día. Que sabía en todo momento lo que hacía y que siempre, como si fuera un ángel de la guarda, lo protegería y estaría a su lado.

         El muchacho imaginaba a su querida madre en un inmenso y hermoso jardín lleno de flores, árboles, pájaros y demás animales que se pueden encontrar en el más bello y tranquilo de los bosques. En ese jardín habitaban una paz y una tranquilidad imposibles de imaginar en estos tiempos que corren. Y en medio de ese precioso remanso, estaba su madre. Habría ido a ese lugar porque en vida ella había sido muy buena, una mujer muy honrada y honesta, de lo contrario, habría ido al jardín de los demonios, donde sólo había dolor, fatigas y tristeza.

         Tristán deseaba que llegara la hora de tener que acostarse para soñar con su madre. Cada noche, al caer rendido en la cama por el duro trabajo en el campo, soñaba con su madre... Bueno, con su madre, no; siempre soñaba con el jardín, porque justo cuando iba a conseguir ver a su madre, el sueño se acababa. Los rayos del sol entraban por la ventana y no le dejaban dormir, y así cada noche, mes tras mes, año tras año. Cada noche tenía el mismo sueño, pero nunca conseguía ver su final. ¡Le parecía imposible!

         Un día, Tristán decidió dar un paseo por un bosque al que nunca se había acercado, ya que a él le daba miedo. Ese día se armó de coraje y se adentró en el bosque. Fue caminando muy inseguro. A cada paso que daba, sentía más miedo. Siguió caminando y diciéndose en voz alta: “Tristán, venga muchacho, que sólo son las hojas de los árboles que se mueven con el aire”. Así, a cada ruido extraño que oía. De pronto, cuando se estaba diciendo a sí mismo que no había por qué tener miedo, se encontró frente a una casita muy bonita. Decidió llamar a la puerta. Llamó y la puerta se abrió sola. Dentro oyó una voz muy agradable que le invitó a pasar. El muchacho hizo caso. Cuando entró al salón se encontró con una joven de piel muy blanca y un largo pelo rubio y rizado. Tristán se disculpó tartamudeando por la inmensa belleza de la muchacha, y ella le dijo que se sentara y le ofreció una taza de té caliente. Tristán la aceptó encantado. Entablaron conversación y en seguida se entendieron. Tanto que Tristán acabó contándole su secreto, que nadie hasta entonces sabía: el sueño imposible que desde los tres años tenía cada noche. Era una casualidad, para asombro de Tristán, que la hermosa joven fuera una bruja, pero una bruja buena, muy buena, tanto que concedía un deseo a cada  persona que iba a visitarla, por lo que le preguntó cuál era su deseo. Tristán, sin podérselo creer, contestó que era conocer a su madre. Y ella le dijo que le concedería un deseo, que pasaría un día entero con su madre, aunque ese día no sería un día, sino cinco minutos, pero que para ellos sería como si pasaran un día juntos. Tristán no podía creerlo. El sueño que para él era imposible y que había tenido noche tras noche, iba a tener un final, un final feliz.

         La joven bruja le dijo que pasara por la única puerta que había en toda la casa (sin contar la de la entrada), que ella le conduciría al jardín. Tristán, sin pensárselo dos veces, hizo todo exactamente como se lo había dicho Quity, que era como se llamaba la preciosa bruja. Abrió la puerta y salió a un enorme jardín. Gritó: “¡Mamá, mamá!”, y vio a una mujer sentada en un gran sillón. Fue corriendo a ver si era su madre y, efectivamente, era ella. Se abrazaron, se besaron, jugaron, rieron y pasaron un día estupendo juntos. ¡Aquello era el paraíso!

         El día acabó y todo se volvió oscuro, menos la puerta blanca de retorno al mundo real. Con tristeza, pero a la vez con una enorme alegría en su corazón, Tristán la cruzó y se encontró de nuevo en la casa de Quity, quien le dijo que lo contara a quien se lo contara, nadie le creería y que lo tomarían por mentiroso. Quity le hizo prometer que jamás diría nada a nadie, sino, sería castigado. Tristán lo prometió y volvió a su casa después de haberse despedido de la joven bruja. Sus tías, muy preocupadas y aturdidas, le preguntaron que dónde había estado y él, que estaba bajo juramento, les contestó que se había perdido por el bosque.

         A partir de entonces Tristán iba cada día al bosque, pero jamás, fuese por donde fuese, conseguió encontrar la casa de la joven Quity, y entendió por qué ella le había dicho que nadie le creería. Ahora Tristán no soñaba con su adorable madre, sino con la joven bruja de largo pelo rubio y rizado, pues se había enamorado perdidamente de ella y soñaba que, a lo mejor algún día, tendría la misma suerte y volvería a verla, a Quity, la chica de la que por primera vez se había enamorado.

Laura Heras Caballero (3r d’ESO)

2. UNA CASA MISTERIOSA

 

Aquella casa... tan tétrica, grande y ruinosa... allí fue donde tuve aquel escalofriante recuerdo de mi infancia.

         Todo empezó en 1869, cuando mis padres quisieron mudarse a aquel caserón tan grande que se vendía a tan bajo precio. Estaba en un pueblecito muy pequeño donde vivía muy poca gente. Cuando íbamos por la calle, todas esas personas tan extrañas se nos quedaban mirando y, a veces, nos preguntaban si estábamos bien o si necesitábamos ayuda. Ni mis padres ni yo entendíamos por qué nos preguntaban eso.

         La verdad es que mi casa era bastante extraña. Por la noche se oían crujidos, ruidos, gemidos... Pero como la casa era tan vieja y el perro del vecino estaba enfermo, no le dabámos mucha importancia...

         Pero fue a mitad de año cuando encontré algo muy extraño en la buhardilla. Dentro de un gran baúl muy polvoriento (metías el dedo y se te hundía), había muchos instrumentos de médicos y expedientes de niños, como si la casa hubiera sido un internado. Aquello me impresionó bastante. Estuve durante un tiempo registrando aquellas cosas. Y un día encontré algo nuevo. Era una caja que no había visto nunca. Estaba cubierta de polvo, como todo. Tenía muchas abolladuras, como si hubieran empujado desde dentro. Negra y con unas letras escritas en latín. Como yo no había estudiado latín, no supe qué significaban. Intenté abrirla, pero no podía. Estaba muy dura. Cogí una llave inglesa, la forcé y conseguí abrirla. Salió mucho polvo. Cuando desapareció el polvo, pude comprobar que estaba vacía. ¡Vaya decepción me llevé!

         Al cabo de tres días, después de cenar, me fui a la cama. Estaba yo tan tranquila leyendo un libro, por cierto muy interesante, cuando empecé a oír esos malditos gemidos de todas las noches. Pasé de ellos. Seguí leyendo. Me vino a la mente que Dorado, el perro del vecino, había muerto hacía algún tiempo. Pero lo más raro era que desde hacía dos o tres días esos gemidos se oían mucho más fuertes. Como me sorprendió tanto, me levanté para averiguar de dónde procedían. Eran las doce y media de la noche. Mis padres ya dormían, y yo, toa giñá  por los pasillos de la casa. Me pateé toda la casa, hasta que me di cuenta de que los ruidos venían de arriba, de la buhardilla. Yo, como soy muy cagá, no me atreví a subir y me volví a la cama. Me acuesto. Me arropo y apago la luz. De repente oigo una vocecilla como de niño. Me pellizqué tres veces y me  dije que estaba soñando. Y entonces volví a escuchar esa voz, que decía: “Ayuda, ayúdame, por favor.” Y yo, a punto de sufrir un infarto, estaba nerviosísima, asustada. Pregunté qué quería.

         Me empezó a contar toda una historia y lo entendí todo. Me dijo que esta casa hacía muchísimos años había sido un internado de niños en el que vivía un psicópata, un loco que hacía experimentos con los niños hasta que acababan muriendo. Hizo muchas cosas que podrían haber sido grandes descubrimientos de la ciencia, como clonar niños perfectos, provocar mutaciones, revivirlos... y todas esas cosas. Cuando acabó con los niños, probó con él mismo y murió (yo empezaba a estar más calmada).

         El niño que me había hablado se llamaba Charlie. Tenía ocho años cuando murió a causa de un experimento que le produjo cáncer. El Dr. Hyde, el psicópata, había puesto los cuerpos de los niños muertos en una habitación especial que él mismo había creado para que se quedasen allí los espíritus encerrados. Esa habitación está en un pasillo secreto de la casa. Aquello que me contó me dio tanta pena que quise ayudarle. Fuimos a la buhardilla y me dijo que detrás de aquella enorme librería había un pasillo secreto. (A mí eso me gustó mucho, era como en las pelis. ) Empujé la librería, fui por un pasillo muy pequeño y estrecho, lleno de telarañas (¡a mí me dan un asco...!) hasta llegar a un laboratorio muy grande. Charlie me dijo que detrás de aquella puerta estaba la habitació de los espíritus. Él tenía que irse. Miré un poco todo aquello. Había muchas cosas, máquinas, un sillón con cables de los que se conectan a la cabeza, utensilios para cortar y, en el fondo, una gran mesa con papeles y una silla. Fui hacia la silla. Pisé algo. Era un cuchillo ensangrentado. Al cogerlo me di cuenta de que la sangre estaba fresca. Me quedé parada...

         Charlie me dijo que aquello había ocurrido hace mucho tiempo. Al final lo dejé en el suelo otra vez. Me acerqué a la mesa para ver los papeles. Cuando di la vuelta para sentarme... ¡Ah!, ¡no podía ser! Era el Dr. Hyde. Aquello era realmente asqueroso. Eran huesos con restos de sangre... Creo que podría haber hecho la peli de Forrest Gum 2. En mi vida había corrido tanto como aquella noche. Me fui de mi casa y de aquel maldito pueblo. Y no supe nada más de mis padres. Aunque creo que sé donde estarán. Tampoco supe nada de los espíritus de los niños ni del Dr. Hyde.

Cristina Adrián (3r de ESO)


3. LA CASA DEL GRAN MISTERI

 

Estava passejant amb les meves amigues quan de cop vaig observar un cartell on posava: “Es ven casa”. Em vaig quedar sorpresa en veure que aquella meravella estava en venda, però vaig pensar que podria ser la meva gran oportunitat, ja que els meus pares estaven buscant una casa nova, concretament, una mansió.

         Vaig córrer fins a casa meva per explicar-los-ho. Ells, després de pensar-ho uns instants, van dir que trucarien al propietari per veure com estava per dins. Aquella mateixa tarda van quedar amb el senyor Martí, que era l’amo de la casa i, naturalment, jo també hi vaig anar per veure-la.

         Quan aquell home petit va obrir l’enorme porta, jo no donava crèdit al que veia. Hi havia un gran menjador, amb els mobles més antics que havia vist en tota la meva vida. Uns quadres que, segons Martí, havíem estat allà des de sempre. En fi, un munt de trastos que devien costar un munt de diners. Evidentment, estava ple de teranyines, pols i rates que habitaven el gran saló. Els vaig suplicar als meus pares que la compressin i ells van acceptar. Al cap de tres mesos, ens hi vam traslladar. En entrar, el canvi que s’havia produït després d’haver-la netejat era tan increïble, que quasi em desmaio.

         A la setmana següent, ja havia aconseguit adaptar-me a la gran casa. El que més m’agradava d’ella era la biblioteca, que tenia milions i milions de llibres.

         Al principi pensava que aquella mansió era el millor que m’havia passat en la meva vida. Fins que un dia, quan em vaig quedar sola a casa, vaig sentir uns sorolls al soterrani. Vaig pensar que serien rates, però vaig tornar a sentir-los més fort, fins que em vaig decidir a baixar per veure què era. En obrir la porta, estava tan fosca, que vaig encendre la llum. Vaig baixar. Després d’investigar una estona i no trobar res, vaig decidir tornar a dalt.

         Quan els meus pares van tornar, els vaig explicar que havia sentit sorolls en el soterrani. Però no hi van donar importància. Al matí següent, vaig baixar a esmorzar i, per a la meva sorpresa, els meus pares em van dir que ells també havien sentit sorolls molt forts i que, fins i tot, el meu pare, que va baixar per veure què era, havia vist alguna cosa que no semblava precisament un lladre.

         Els mesos van passar i la vida allà es va fer cada vegada més insuportable. Fins que un dia, molt decidits, els meus pares em van dir que ens n’anàvem d’allà. Vaig estranyar-me i els vaig demanar explicacions, però em van dir que no protestés. Vam fer les maletes i vam agafar el necessari.

         Mentre estaven ficant l’equipatge al cotxe, vaig pensar que aquella era la meva oportunitat de descobrir què era el que em tenia tan intrigada. Vaig obrir la porta, aquesta vegada no vaig encendre el llum perquè les altres vegades que l’havia encès no va passar res i vaig pensar que seria per això. Vaig començar a baixar lentament per les escales, vaig començar a sentir aquells sorolls cada vegada més i més forts, quan de sobte... ¡no m’ho podia creure! La meva mare va encendre ell llum i va interrompre aquell moment tan esperat. El soroll es va allunyar a poc a poc fins que va desaparèixer.

         Ens en vam anar d’allà i mai no vaig poder saber quin era el misteri que guardava aquella casa. De vegades, segueixo sentint aquells sorolls tan esgarrifosos... Però, conforme va passant el temps, penso que potser va ser millor no baixar perquè... Qui sap el que hauria passat...?

Cristina Tamayo García (3r d’ESO)

[Aquestes històries van estar publicades a la revista Sota el cel del Puig, núm. 10, juny de 2002.]